Preguntas peligrosas: acerca del 9-11 Allá por finales de septiembre y principios de octubre de 2001, con la tragedia de las Torres Gemelas aún fresca en el recuerdo del mundo, la opinión pública no estadounidense (la del país continuaba anonadada y comenzaba a ser saturada de odio patriotero) comenzó a advertir algunos trabajos de diversos analistas sobre una serie de anomalías en torno del terrible hecho y con respecto a la versión oficial. Ellas abarcaban desde declaraciones de pilotos avezados que negaban la posibilidad de que gente con un entrenamiento superficial fuera capaz de «acertar» a ambas torres, dado el ancho de las mismas y la velocidad de los aviones, hasta la comprobación de que desde varios días antes aquellos edificios emitían una señal tipo radiofaro o la caída injustificada de edificios contiguos a los gigantes. Estos habían resistido el impacto de los aviones pero cayeron, se dijo, por el enorme calor interno generado por los incendios, que debilitó las estructuras de acero. De todo ese material, inicialmente mirado con escepticismo, sobresalía el de un estudioso francés (Thierry Meyssan) en torno al presunto avión estrellado contra el pentágono. Su principal argumento ¿cómo es posible que un avión se precipite sin ser interceptado sobre el que acaso sea el edificio más protegido del mundo? Además tenía una prueba irrefutable: en una imagen satelital obtenida poco después del ataque no había un solo resto que se correspondiera con los de un avión del tipo del usado. La conclusión era que allí había estallado un cohete teledirigido, de los más modernos y poderosos y, por el tipo de efecto, perteneciente al ejército norteamericano. Toneladas de silencio se echaron en los EE.UU. sobre estos -y otros- sucesos inexplicables, incluido uno del presidente Bush en Florida anticipando el golpe a la segunda torre. Cierto que la idea del autoatentado se agrandó en el resto del mundo y ganó cimientos, pero en la nación norteamericana se aceptó a rajatabla la versión oficial que sirvió, entre otras cosas, para coartar rápida y profundamente algunas de las libertades básicas de los estadounidenses, de las que tanto tiempo, y con razón, se vanagloriaban. Ahora informan las agencias de noticias, algunas de ellas norteamericanas, (NOTA DE ABUDARA BINI: esto que es vox populi en USA, todavìa està censurado en la Argentina) sobre la aparición de un fuerte movimiento inquisidor sobre lo que llaman «presunto atentado», pidiendo respuesta a las inexplicables situaciones que señalábamos más arriba, y a muchas otras que han ido advirtiendo. Es cierto que han sido ignorados por el gobierno, y aun vilipendiados por sus pares ciudadanos, pero amparándose en sus derechos básicos exigen una respuesta que les demuestre su equivocación o su aserto. ¿Quiénes son los que dudan de la historia oficial? El problema para la Casa Blanca radica principalmente en que el grupo está liderado por prestigiosos hombres de ciencia, profesores universitarios que, en algunos casos, se han jugado sus carreras por reclamar la verdad de un hecho cuya sola duda envenena toda la conciencia de la nación y destroza la confiabilidad en quienes rigen su destino. Habrá que estar atentos a las novedades en asunto tan tremendo al que, sospechosamente, algunas agencias de noticias no le prestan toda la atención que se merecería. |